Quise irme a vivir en ese Atlas y me pregunté por qué.
Encontré muchas respuestas: la estructura inusual del libro, capítulos breves narrados desde un nosotros, los ocho singulares habitantes de una casa sin techo, intercalados con cuadros que describen obras de arte putativas, relatos en sí mismos, el humor dulce, la ternura de unos botones de flores secas, las notas al pie de página que narran desde pequeñas tramas de los personajes hasta entradas de la Enciclopedia Serpentiana, ese palimpsesto que guarda todos los libros de la torre de Babel.